Meses. Han pasado meses. Quizás un año incluso.
Mi vida ha sido la misma desde entonces, mis días a base de napolitanas caducadas, litronas a medias y cigarrillos – y en su defecto colillas.
Y un día, así de buenas a primeras, un día cualquiera, amanezco con una presencia a mi lado… Me desperezo en lo que parece ser un día más y me asombro al ver como… como me chupa la cara. Rompo a llorar.
- ¡¡Buuuuuuuuuuuuuuuull!! – digo mientras me tiro al suelo con él - ¡Eres un cabrón! ¡Pero no de los malos, de los que hacen sonreír! ¡Joder, Bull! ¡Jodeeeeeeer! – digo a grito limpio.
Sonrío, lloro, sonrío, lloro, sonrío. Afloran emociones, sentimientos, recuerdos amontonados, ganas de revivirlos. Sonrío a más no poder.
Y sigo sonriendo cuando noto la presencia de alguien sonriente tapándome el sol. Es ella, Ataraxia... Es ella quien me ha llevado a vivir lejos de la calle siguiendo en la misma.
Y es así como Ataraxia barrió mis miserias y las dejó caer por un puente a la autopista; me hizo creer en algo que para mí no existía; expandió mi sonrisa más allá de nuestras horas juntas; es así como le pegó patadas al tiempo; como me eclipsó; acortó mis noches, alegró mi vida, arruinó mi tabaco y no me importó, me ayudo a seguir, me evadió, me ayudó a salir; es así como me hizo tantísimo bien. Es así como Ataraxia me dejó una vez más sin palabras.
Y es así como Ataraxia me trajo LA FELICIDAD "de mano de Bull".
Mátame.
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